las guerras

En nombre de un país, de una supuesta patria, manchan sus manos con la sangre de culpables e inocentes. Soldados que, sin rumbo ni camino, sin causa ni motivo, abanderan el símbolo de la más estúpida de las sinrazones. Es la destrucción del hombre hacia el hombre. La manera más necia, insensata y soez que ha ideado el hombre para malgastar el tiempo.

Y, para no perder la costumbre, los dirigentes políticos aumentan su barriga de tamaño mientras van de comida en comida buscando un acuerdo de paz que, misteriosamente, nunca llega. Con los bombardeos, los disparos, los tanques y los asaltos, caen los edificios y las vidas, y se desmoronan el honor, la dignidad y el orgullo de los que dicen luchar por su tierra. ¿Qué le pasa al mundo?, ¿tan bajo hemos caído?. La raza, la religión, las ideas políticas… todo sirve ya para iniciar un “conflicto armado”. Que palabras tan sucias, tan llenas de hipocresía cultamente expresada, tan vacías de contenido y rebosantes de venganza injustificada.

Que poco hace falta para acabar con las ilusiones de un pueblo. Que sencillo es provocar violaciones, masacres y asesinatos masivos dando órdenes tras la mesa de un despacho, gustosamente decorado, mientras se comprueba la eficacia de las tropas de la nación. Y que faltos de cerebro están la panda de estultos que obedecen. El horror se ceba en todos y cada uno de los rincones, su sombra acosa la mente hasta en los más candorosos sueños. ¿Quién tiene permiso para arrebatar una vida?.

La silueta de la guerra planea sobre nosotros constantemente, porque antes que las buenas intenciones están los intereses y el dinero. Cuántas palabras fútiles llenan el aire de promesas que jamás nadie a tenido la intención de cumplir, palabras sin sentido, dichas para quedar bien ante los ojos críticos de un mundo que dice ser justo y que se tapa la vista para no ver la injusticia. A las palabras se las lleva el viento, pero a los fusiles no. Montones de piedras sepultan lo que fueron alegrías, sueños, emociones y sonrisas, creyendo que también lograrán ocultar el terror, la desesperación y el miedo pasados en la agonía que supone esperar la llegada de una muerte anunciada, en un lugar perdido en un mapa, donde la esperaza ya no significa nada.

Y cuando todo finaliza, no existen vencedores ni vencidos. Soólo hay lugar para la derrota, porque todos hemos perdido . Otro fracaso en el haber de la Humanidad nos rebaja un poco más, cargando el peso de tantas muertes sobre nuestras espaldas. ¿Cuándo tocaremos fondo?.

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