
Aquí, contigo a solas en esta fría sala, de pronto me ha venido a la memoria el famoso libro de Delibes, “Cinco horas con Mario”, y he sonreído pensando en la protagonista, y en la similitud de la situación. Ella, burguesa de mediana edad, velando al esposo fallecido y haciendo memoria de los años pasados junto a él,…como yo ahora, junto a ti… Hasta ahí las similitudes, yo no puedo estar cinco horas contigo y casi nadie reconocerá mi viudedad, solo algunos familiares y amigos íntimos, que han sido testigos de nuestro amor y felicidad durante tanto tiempo, estarán a mi lado para tratar de consolarme del inmenso dolor que atenaza mi corazón como un duro y frío puño de hierro.
Mi amor, te veo tan pálido, con ese color cerúleo que anuncia la frialdad de tu cuerpo ahí tendido, dentro de la caja que será tu último lecho, que casi no puedo hacerme a la idea de que seas realmente tu quien yace ahí.
He pedido a nuestros familiares que me dejen a solas contigo para poderte decir el último adiós a tu cuerpo, pues nunca te diré totalmente adiós, siempre vivirás de alguna manera en mí, en mi recuerdo, mi pensamiento y hasta en mis gestos y costumbres. Siempre habrá algo de la rutina diaria que me recuerde algún momento vivido contigo. Formas parte de mi vida y no dejaras de hacerlo hasta que sea yo quien esté en el lecho de muerte.
Desde el primer momento, fuimos felices juntos. Fue conocerte y saber que tú eras mi otra mitad, el hombre de mi vida. A pesar del escepticismo de nuestros amigos, que nos habían visto volar de flor en flor, enredarnos en tantos amoríos y aventuras, que no creían que al final consolidaríamos una relación que tantos años ha durado.
Hemos luchado contra viento y marea, contra aquellos que nos miraban con una sonrisa y cuchicheaban a nuestras espaldas, contra la sociedad que nos negaba todo derecho o reconocimiento.
No contábamos con el destino y nos ha asestado un duro golpe, cariño, justo ahora que podíamos tener lo que tanto anhelábamos. No volveré a pasear de tu mano desafiando a los que nos miren como a un espectáculo exótico. No podré llamarte mi esposo con orgullo ni una sola vez.
Ahora, aún con el sentimiento de haber perdido la mitad de mí ser, tendré que seguir viviendo esta vida que has abandonado en la mitad del camino. Tendré que alimentarme, asearme, trabajar… y sobretodo acostumbrarme a no tenerte a mi lado.
Mañana tendré que levantarme a la hora acostumbrada, después de haber pasado la noche sin ti, y tendré que ir a trabajar. No puedo tomarme más tiempo, legalmente no eres más que un amigo.
Me pondré un traje y una camisa y no estarás tú para decirme que corbata combina mejor, saldré a la calle como un autómata y llegaré a la oficina donde Marta, la recepcionista, me saludara con su sonrisa profesional y el saludo acostumbrado; “¡Buenos días Señor Rodríguez ¡”.
Y yo… fingiré que vivo, lo tengo que hacer por los dos… adiós mi amor
No hay comentarios:
Publicar un comentario