Me hubiera llamado Ayra

Quisiera haberme llamado Ayra. Es un nombre que me sonaba a música, a dulzura. Un nombre que casi nadie conoce, fácil de escribir y bonito. Una vez oí a mamá pronunciarlo y desde entonces me encantó. Ayra, un nombre de niña, porque yo iba a ser nena. Tenía que tener los ojos verdes, verdes y grandes como los de la abuela, y el pelo rubio y rizado. Me lo hubiera dejado largo, muy largo, para que mamá me hiciera una trenza o una cola. O me lo hubiera recogido con un pasador o una cinta azul, de esas tan suaves que patinan, y me haría un gran lazo con ella.

Tenía que parecerme a papá, pero con la sonrisa pícara de mamá y su carácter afable y tranquilo. ¡Me hubiera gustado tanto conocerla!. También habría tenido una hermanita, Nerea. Era un poco más mayor que yo y siempre estaba llorando. Desde la barriga de mamá escuchaba perfectamente como le cantaba para que se durmiera. La voz de mamá era tan agradable que yo también me dormía, calentita como estaba dentro de ella. Con Nerea podría haber jugado a muñecas, a la pelota y al escondite. Habríamos ido juntas al cole, habría aprendido a leer y escribir y después llegaría a casa muy contenta y se lo contaría todo a mamá. Y ella también estaría muy contenta.

El día de la Madre le compraría un gran ramo de flores, de rosas sus preferidas, las más bonitas del mundo. E iríamos a dar un paseo por el parque cuando llegara la tarde. Y yo subiría al columpio y al tobogán, y mamá me miraría y me diría que me quiere mucho. Y yo le daría muchos besitos porque también la querría.

Cuando fuese mi cumpleaños me haría un pastel muy rico, con nata y chocolate y velitas de colores. Todos me cantarían y me regalarían algo, a lo mejor un perrito que se llamaría “Niko” y que me lamería la cara al volver del cole. Y yo le reñiría porque se comería las zapatillas de papá, y tendría una pelotita que me traería cuando se la pidiese para jugar conmigo.

Quisiera poder ver el árbol de navidad que mamá y papá ponen todos los años, con esas bolas doradas y las guirnaldas coloradas. Los ayudaría a adornarlo y papa tendría que subirme en brazos para poder llegar a poner en la punta la estrella, tan brillante.

La abuelita me contaría cuentos mientras estuviese merendando una taza de leche con galletas. Me hablaría de Caperucita, de Blancanieves y de Pinocho. Yo le pediría otro y ella empezaría con Cenicienta, hasta que mamá me llamara para ir a cenar. Por las noches, ella me arroparía en la cama para que no tuviera frío, dándome un beso en la frente, y me diría “te quiero, que duermas con los angelitos” y yo también se lo diría.

Al llegar la primavera, la época en la que tenía que nacer, iría al campo a corretear entre las margaritas, amapolas y campanillas. E intentaría coger a las mariposas y a las mariquitas, y me las pondría en la palma de la mano para que me hicieran cosquillas. Y mamá se enfadaría un poco conmigo porque habría ensuciado el vestido blanco que me había regalado la tía Ana.

En verano lo pasaríamos en la playa y, al fin, vería el mar y jugaría con la arena. Me bañaría y construiría castillos en la orilla con mi hermanita. Las olas los derrumbarían y nos pondríamos a llorar porque nos había costado mucho hacerlos. Entonces vendría mamá a buscarnos y nos consolaría…

Pero después de tantas ilusiones no puedo hacer nada de lo que tanto deseaba. Mamá hoy a decidido que no tenía que nacer, no sé el motivo y no la culpo por su decisión, yo si la quiero.
Adiós mamá, un beso

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