
De un aroma. De un perfume. Del canto de los pájaros y el murmullo del agua que baja por el río. De la flor que se abre, presumida, frágil, ante la vida. Del verdor de los árboles y la hierba fresca. De las gotas de rocío que brillan por la mañana sobre el césped de algún parque. De los niños que ríen y juegan, alborotados, bajo el fresco aire de una incipiente primavera. De un milagro que se muestra a los ojos del mundo.
Al volver las golondrinas y teñir el aire de acrobacias. Al recuperar el calor que nos había robado diciembre. Al guardar en un armario el jersey de lana y el abrigo. Al aproximarse junio. Al ver cómo renace la vida en cualquier rincón. Al estar los lagos llenos de agua y los prados rebosantes de color.
Cuando cae la página del calendario que deja atrás al ventoso marzo. Cuando el sol asoma, tímido, suave, tibio, para calentar la tierra fría, húmeda, que nos legó el invierno. Cuando la lluvia huele a campo. Cuando la alegría (y las alergias) se apoderan de la gente. Cuando el cielo invita, casi obliga, a pasear bajo su inacabable azul. Cuando parece que no se hará nunca de noche.
Tras la niebla triste y misteriosa que nubla hasta las ideas. Tras el cortante y gélido vendaval de enero. Tras los turrones de Navidad y las máscaras de Carnaval. Tras el largo sueño de las marmotas. Tras la nieve de las montañas que baja rauda y veloz, por sus pendientes. Tras un gris silencio. Tras las ramas desnudas de los árboles, ya pobladas de hojas jóvenes. Tras el aletargamiento de esa magia llamada Naturaleza.
Con los amores habidos y por haber. Con las rosas emanando su fragancia en una atmósfera tan apacible como luminosa. Con… la llegada del mes de abril.
Al volver las golondrinas y teñir el aire de acrobacias. Al recuperar el calor que nos había robado diciembre. Al guardar en un armario el jersey de lana y el abrigo. Al aproximarse junio. Al ver cómo renace la vida en cualquier rincón. Al estar los lagos llenos de agua y los prados rebosantes de color.
Cuando cae la página del calendario que deja atrás al ventoso marzo. Cuando el sol asoma, tímido, suave, tibio, para calentar la tierra fría, húmeda, que nos legó el invierno. Cuando la lluvia huele a campo. Cuando la alegría (y las alergias) se apoderan de la gente. Cuando el cielo invita, casi obliga, a pasear bajo su inacabable azul. Cuando parece que no se hará nunca de noche.
Tras la niebla triste y misteriosa que nubla hasta las ideas. Tras el cortante y gélido vendaval de enero. Tras los turrones de Navidad y las máscaras de Carnaval. Tras el largo sueño de las marmotas. Tras la nieve de las montañas que baja rauda y veloz, por sus pendientes. Tras un gris silencio. Tras las ramas desnudas de los árboles, ya pobladas de hojas jóvenes. Tras el aletargamiento de esa magia llamada Naturaleza.
Con los amores habidos y por haber. Con las rosas emanando su fragancia en una atmósfera tan apacible como luminosa. Con… la llegada del mes de abril.
No hay comentarios:
Publicar un comentario