Martillos que se ensañan sin piedad, tambores descoordinados a un ritmo frenético, dolor ensordecedor que apenas permite abrir el ojo a medio camino pareciendo una imitación de un asiático, ante mis ojos todo da vueltas o tiene un doble sin moverse del sitio, presión sofocante, náuseas, irritabilidad, alergia a la compañía.... síntomas todos ellos de lo que se cuece en mi cabeza.
Horas tumbada en una fría tabla de hierro, con la cabeza sujeta de tal manera que hasta respirar se hace con dificultad, dentro de ese tubo claustrofóbico con luces mareantes mientras escucho zumbidos de una música lejana.
Los temidos resultados no se hacen esperar mucho, los espero con la esperanza de que acabe la tormenta que se libra en mi cabeza, que el silencio volverá a mi ser… pero nada más lejos de mis deseos, muy a mi pesar los resultados no son nada alentadores, al contrario, son aterradores, no solo porque el tormento no se va a silenciar sino que las opciones de cura a cual más espeluznante hacen temblar hasta la última célula de mi cuerpo.
Un coágulo en la médula, fácil de decir a simple vista, imposible de digerir en la distancia corta, doloroso en el proceso de curación, aterrador en la solución final.
Escuchar quirófano quizás no es lo mas temido hoy en día, pero cuando eres tu el que vas a tener que acomodarte en la fría mesa de operaciones la cosa cambia, y cuando te informan que la solución a tu dolor, que la única manera de silenciar a esos obreros que excavan en tu cabeza de sol a sol y a esa loca discoteca con sonidos retumbones y luces por doquier que no cierra nunca, es extraer mediante una aguja el coágulo de sangre que se ha formado en la médula, entonces y solo entonces, es cuando te das cuenta de la gravedad de tu situación… mi situación.
Pero no hay escapatoria posible, ni manera de postergar esa visita pues solo mantenerme despierta supone un esfuerzo incalculable, el dolor no cesa ni en sueños, pero almenos en ellos me transporto a otra dimensión en la que mi visión sigue intacta y las nauseas desaparecen, nadie me dice ni una sola palabra, ni existe un mínimo sonido que me retumbe hasta las entrañas en 20.000 modalidades diferentes de volumen.
Difícil solución pero el miedo a que puedan pincharme en la médula pierde la batalla frente al dolor incesante a cada hora del día… un creyente diría dios dirá… yo solo espero que el médico lo haga lo más rápido e indoloro posible y por encima de todo, se lleve todo el daño constante y el ruido perturbador…

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