Con el paso del tiempo no es muy difícil llegar a la conclusión de que este mundo no está hecho para cardíacos. Tampoco es muy complicado imaginar, teniendo en cuenta el ajetreo que conlleva la vida de un simple estudiante, la de un sufrido ejecutivo.
Todo empieza por la mañana, con ese sonido tan singular, tan desagradablemente conocido…. Del maldito despertador. De repente, la histeria se apodera de la tranquilidad, y lo que podría ser un apacible desayuno se convierte en una carrera para batir el récord de a ver qué día se tarda menos en tomar el café.
A la hora de vestirse, los pantalones (que, por esas casualidades de la vida, no están planchados), la camisa, los calcetines, la americana y el nudo de la corbata, que por enésima vez se resiste a salir bien. El reloj (¿quién fue el simpático que lo inventó?) ya marca las ocho y media, y un claro nerviosismo empieza a gobernar. Corriendo, sale de casa y llama al ascensor (¡vaya hombre!, justamente está en el último piso). Cuando, una vez transcurridos cinco minutos, llega, o bien se ha averiado o bien parece un sardinero: la señora del quinto con el caniche que acaba de sacar a pasear, el marido de la del décimo que viene de comprar el periódico, la vecina del noveno que se va a trabajar, la del sexto que vuelve con la cesta de la compra cargada,…
Cuando al fin llega a la calle… ¿Dónde está el coche?. Si no se lo ha llevado la grúa, debe andar no muy lejos. Una calle, dos calles,…cinco manzanas más abajo lo encuentra. Perfecto, sólo faltan veinte minutos para que den las nueve. Ahora el problema no es que el coche se haya quedado sin gasolina, no es que no arranque, no, el problema está en el atasco monumental que se ha formado: ni divisa el semáforo ni, mucho menos, el coche que está al principio de la cola. Estupendo, sólo hay que tomárselo con filosofía. Bocinazos, berridos, insultos, gestos dudosos y, justamente al lado, el marchoso de turno con la música a tope. ¿qué seria la vida sin estos pequeños percances?, piensa para (intentar ) animarse.
Media hora más tarde ha llegado al objetivo: la oficina. Mientras sube, esta vez por la escalera para evitar disgustos, repasa la agenda del día: a las nueve, reunión con el señor Pérez: a las diez menos cuarto, reunión con la señora Márquez, a las once revisión de los archivos de la empresa,…. Cuatro páginas después, ya bien instalado, ha terminado de leer los compromisos de la jornada.
Cuando al fin son las ocho y media, la felicidad resurge. ¡vuelta a casa!, y todo decae al comprobar las retenciones típicas y tan familiares de cada día. Las caras de los conductores se ponen completamente rojas y los tacos más variados y malsonantes florecen. Resulta un poco patético y lamentable, pero se acaba asumiendo. Recompensa pensar en la ansiada meta. Y cuando los cansados pies pisan el felpudo de la entrada, los despistes del cónyuge juegan una mala pasada: “cariño, había olvidado decirte que hemos quedado con Juan y Inma a las diez para cenar”…
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