Desde mi habitación puedo oír el rumor del mar, pero no puedo verlo, la playa debe estar cerca, pero aún no puedo salir de ésta prisión disfrazada de clínica de rehabilitación, dicen que no estoy preparada, aunque nunca estaré preparada para enfrentarme al dolor causado, pero al menos trataré de contarme a mi misma (ya que a nadie más puedo contarlo) como fui cayendo en esta pendiente de degradación.
Todo empezó cuando me ascendieron en el trabajo, mi salario y categoría aumentó, la responsabilidad y competitividad también y tenía que estar a la altura. Recuerdo que llegaba a casa cada día más tarde, cada día más cansada y con la angustia de no poder dar todo lo que de mí se esperaba.
El día que todo comenzó había salido con dos compañeros a tomar algo. Estaba cansada, pero no podía rechazar la invitación. Cuando, después de la segunda copa, dije que me marchaba, que estaba cansada, uno de ellos me dijo que le acompañara al baño, que quería darme algo. !!Que ingenua!! , me ofreció una raya de coca y yo la acepte sin pararme a pensar, empecé a sentirme mejor, el cansancio desaparecía y me sentía capaz de continuar toda la noche. Cuando llegó la segunda raya estaba totalmente desinhibida, bailé toda la noche, y claro está, para trabajar al día siguiente necesité tomar algo más, que mi compañero me proporcionó encantado.
Después de ese comienzo, todo fue rodado, más coca, pastillas variadas, alcohol. “Yo controlo “, “se cuando pararlo”, eso decía, como todos.
Pero llegó el momento en que no controlaba nada, la controlada por la adicción era yo. Con la fulminante despedida del trabajo, me refugié aún más en las drogas y el alcohol, cuando me faltó el dinero lo busqué como pude, pidiendo prestado, engañando a mi madre para obtener dinero, vendiendo todo lo mío (incluso mi cuerpo) y hasta las cosas de mis padres, y al final robando y algunas veces incluso con violencia.
Así llegue aquí, de una manera resumida, donde no hay amigos, solo personas degradadas como yo, que luchan por sobrevivir un día más a sus ansias de volver a drogarse o beber una copa. Personas que día a día tratan de convencerse de que volverán a recuperar la vida, la familia, los amigos…
A veces la desesperación me hace buscar una manera de salir, de escapar de aquí, pero sería como despreciar la ayuda de mis padres, que con tanto esfuerzo están pagando el alto coste de mi estancia y no puedo fallarles de nuevo.
Ya me permiten tener algún contacto externo, estoy pensando escribir a mamá, contarle como pasó, explicarle lo inexplicable. Sé que no entenderá como he llegado a esto, se que se culpa por ello, ella que me dio todo lo que pudo darme, amor, techo, comida, educación... y ayuda hasta donde pudo. Pero los hijos solemos hacer caso omiso de los consejos de nuestros padres.
Necesito verla, oírla, leer una carta suya, algo que me diga que no me ha abandonado, que le queda aún suficiente amor para poder perdonar a esta hija extraviada.
Y por enésima vez comienzo a escribir esa carta que nunca me decido a enviar:
Querida mamá...(Así comienza, no sé cómo seguirá… pero sé que terminará diciendo “Dile a papá que le quiero” )
Todo empezó cuando me ascendieron en el trabajo, mi salario y categoría aumentó, la responsabilidad y competitividad también y tenía que estar a la altura. Recuerdo que llegaba a casa cada día más tarde, cada día más cansada y con la angustia de no poder dar todo lo que de mí se esperaba.
El día que todo comenzó había salido con dos compañeros a tomar algo. Estaba cansada, pero no podía rechazar la invitación. Cuando, después de la segunda copa, dije que me marchaba, que estaba cansada, uno de ellos me dijo que le acompañara al baño, que quería darme algo. !!Que ingenua!! , me ofreció una raya de coca y yo la acepte sin pararme a pensar, empecé a sentirme mejor, el cansancio desaparecía y me sentía capaz de continuar toda la noche. Cuando llegó la segunda raya estaba totalmente desinhibida, bailé toda la noche, y claro está, para trabajar al día siguiente necesité tomar algo más, que mi compañero me proporcionó encantado.
Después de ese comienzo, todo fue rodado, más coca, pastillas variadas, alcohol. “Yo controlo “, “se cuando pararlo”, eso decía, como todos.
Pero llegó el momento en que no controlaba nada, la controlada por la adicción era yo. Con la fulminante despedida del trabajo, me refugié aún más en las drogas y el alcohol, cuando me faltó el dinero lo busqué como pude, pidiendo prestado, engañando a mi madre para obtener dinero, vendiendo todo lo mío (incluso mi cuerpo) y hasta las cosas de mis padres, y al final robando y algunas veces incluso con violencia.
Así llegue aquí, de una manera resumida, donde no hay amigos, solo personas degradadas como yo, que luchan por sobrevivir un día más a sus ansias de volver a drogarse o beber una copa. Personas que día a día tratan de convencerse de que volverán a recuperar la vida, la familia, los amigos…
A veces la desesperación me hace buscar una manera de salir, de escapar de aquí, pero sería como despreciar la ayuda de mis padres, que con tanto esfuerzo están pagando el alto coste de mi estancia y no puedo fallarles de nuevo.
Ya me permiten tener algún contacto externo, estoy pensando escribir a mamá, contarle como pasó, explicarle lo inexplicable. Sé que no entenderá como he llegado a esto, se que se culpa por ello, ella que me dio todo lo que pudo darme, amor, techo, comida, educación... y ayuda hasta donde pudo. Pero los hijos solemos hacer caso omiso de los consejos de nuestros padres.
Necesito verla, oírla, leer una carta suya, algo que me diga que no me ha abandonado, que le queda aún suficiente amor para poder perdonar a esta hija extraviada.
Y por enésima vez comienzo a escribir esa carta que nunca me decido a enviar:
Querida mamá...(Así comienza, no sé cómo seguirá… pero sé que terminará diciendo “Dile a papá que le quiero” )

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